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Alejandro Finisterre, editor, poeta, inventor del futbolín Núria Navarro, el periódico28.05.2004 enviar artículo imprimir página
Fisterra (A Coruña), 1920Fundador de la revista Ecuador 0°, 0′, 0”Amigo de León Felipe
Alejandro Finisterre, poeta, republicano y albacea de León Felipe, es el inventor del futbolín. Lo ideó mientras convalecía de heridas de guerra cerca de Montserrat. Este gallego trashumante pasó por Barcelona para participar en el Festival Internacional de Poesía, que acaba hoy.–¿Hijo de futbolista?–Hijo de fabricante de calzado de A Coruña.–Gente bien.–¡Huy! Mi padre quebró y éramos 10 hermanos. Yo estudiaba en un colegio privado de Madrid y, al no poder pagarlo, el director me puso a corregir los deberes de los párvulos. Escribí una obra teatral –¡un culebrón terrible!– con la fantasía de estrenarla. Trabajé de peón de albañil y luego en una imprenta. Y conocí a León Felipe, del que sería albacea.–¿Cómo se le ocurrió la idea del futbolín?–Por culpa de una bomba nazi, de las que lanzaron sobre Madrid. Quedé sepultado entre cascotes, con heridas graves. Me llevaron a Valencia y luego al hospital de la Colonia Puig de Montserrat. La mayoría de los que estaban allí eran mutilados de guerra. Yo había jugado al fútbol –incluso perdí un diente de una patada–, pero me había quedado cojo y envidiaba a los que podían jugar. También me gustaba el tenis de mesa. Así que pensé: “¿Por qué no crear el fútbol de mesa?”.–Se puso manos a la obra.–Poco antes de la Navidad de 1936 compré en Barcelona unas barras, y un carpintero vasco, Francisco Javier Altuna, también refugiado, me hizo la mesa y torneó las figuritas. El líder de CNT y FAI, Joan Busquets, un anarquista de Monistrol que tenía una fábrica de gaseosas, lo vio y me animó a patentar el invento. Lo patenté a principios de 1937, igual que el primer pasahojas de partituras movido con el pie, que hice para Núria, una pianista guapísima de la que me enamoré locamente en las reuniones sabatinas de la colonia.–Pero perdió la patente del juego, ¿no es así?–Tuve que huir a Francia, cruzando a pie los Pirineos. En el macuto sólo llevaba la patente, una lata de sardinas y dos obras de teatro, Helena y Del amor y de la muerte. Llovió a cántaros durante 10 días y los papeles se convirtieron en argamasa.–¡Qué lástima!–Debería rebuscar en los Archivos de Salamanca… En 1948, estando ya en París, me enteré de que un compañero del hospital, Magí Muntaner, del POUM, había patentado el futbolín en Perpinyà. Al parecer, me escribió para comunicármelo, pero la carta se perdió. Murió en el maquis. Mareé a la compañía que los fabricaba y me dieron el suficiente dinero como para ir a Ecuador, donde fundé la revista Ecuador 0°, 0′, 0”.–Compuesto y sin futbolín.–En la presentación de la revista conocí al embajador de Guatemala, que me animó a fabricarlos en su país. Los hacían manos indígenas con caoba de Santa María, finísima, y les incorporábamos barras periscópicas. ¡Una maravilla!–Le marcó unos goles al Che.–Sí. Una hermana mía se hizo amiga de Hilda Gadea, entonces compañera del Che. Venía todos los días al Centro Republicano Español de Guatemala. Teníamos estilos parecidos. A mí me fue bien con el negocio del futbolín, hasta que el coronel Castillo Armas dio el golpe de Estado y me secuestraron.–¿Lo secuestraron?–Yo era amigo del embajador de la República española en Guatemala. Antes del golpe de Estado, temiendo lo peor, él me pidió que llevara la valija diplomática a México. Quedó constancia de ese favor y, cuando Castillo Armas tomó el poder, me secuestraron y me metieron en un avión hacia Madrid. Pero amenacé al piloto con estrellar el aparato, siendo el primer secuestrador aéreo de la historia. Más tarde, en México, me dediqué a editar.–Debe de ser el mejor jugador del mundo.–Lo soy si juego con mis futbolines, que combinan la suavidad del boj y el corcho aglomerado de la pelota.–¿Ha dicho corcho aglomerado?–Sí. Esas pelotas tan duras no te permiten hacer efectos. El futbolín es un juego que no fomenta el autismo como los videojuegos; sino la amistad, el compañerismo, la coordinación de movimientos entre la mano derecha y la izquierda.–Un juego completo.–Lo es. Y me ha aportado unas cuantas alegrías. En Oporto, con motivo del Euro 2004, me acaban de homenajear con una estatuilla y un concierto para bombos y futbolín.–Y en ese torbellino político-recreativo, ¿podía escribir poesía?–Yo nunca escribí poesía, sólo versos. Los escribo cuando siento la necesidad. Nada más. historia del futbolínFinisterre, editor
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