>Manifiesto

>Manifiesto
Para no olvidar a PEDRO CASARIEGO

Afeitarse todos los días puede ser un pecado terrible. Afeitarse todos los días es alejarse definitivamente del arrayán y del aire. Admiro a las secretarias que se afeitan cada mañana antes de ir en helicóptero a las oficinas del centro y de cristal. Esas pecadoras modernas irradian ternura y tienen una moral a prueba de bomba. Cuando cometen una falta de ortografía nace una flor. Cuando me miro en el espejo veo un hombre de un solo color, de un solo pantalón, de un solo disco, de una sola pieza, de 28 años: azul, tela eterna, Breezin’, un rompecabezas, 28 años. Sólo me lavo a fondo cuando la vislumbro. Cuido con esmero el pequeño jardín de mis padres. Olvido los nombres de las plantas y de las flores. Bebo café entre los obreros y ya sólo invento horarios fijos: sólo soy un verdadero artista mientras vacío el lavaplatos. Mis gafas se me antojan tan crueles e indispensables como la risa de Dios.

Todos seremos pianistas si desaparecen los pianos.

Justo es reconocer que cuando me miro en el espejo veo un hombre acabado. Por ello me sorprende que se me haya brindado la oportunidad de acceder a estas páginas limpias y secas para hablar de mis palabras. La única razón que encuentro a esta convocatoria, pecado multiplicado por mi asentimiento a ella, es que quizá existiera en mí un buen principio, prolífico y asesino de lo verde como la hormiga. Lo aquí grabado corresponde a aquellos días azules. El color azul fue y es mi única excusa, mi primera y única coartada.

No puedo sino ceder inmediatamente a la tentación, que me atrae como si de tabaco se tratara, de difundir que suscribo todas las conclusiones que pueden y deben extraerse de la concienzuda lectura del ensayo de Manfred Kaltz titulado “El artista en cuanto ser inferior”, manuscrito en época tan sospechosa como la que incluye el año de desgracias de 1939. Mando imprimir aquí, para corroborar mi dolorida sumisión a tal tratado, y para que sirva de prólogo y quizá de epílogo, el texto, siempre mutilado, de mi único manifiesto:

Santificamos a Dios, hicimos de Él un Santo; caminábamos campos en pos del cielo, cerrábamos campos con Iglesias. Luego, misteriosamente, bajó la cotización de las acciones de Dios en la Bolsa inmaterial de las almas: adiós a la religión de Dios, un adiós dubitativo porque el pañuelo aún se agita. Desnudos buscábamos cobijo para ocultar lo que veíamos, no éramos capaces de regalar nuestras llagas a la muerte, llagas envueltas en papel de renuncia altiva. El boxeador se desangraba, y nos resistíamos a arrojar la toalla. El árbitro del combate, el eterno hombre que pastorea, nos miraba, y su retina nos cubría con reproches que herían. Inventamos entonces la religión del Hombre, bautizamos con cultura nuestra sagrada ignorancia, ignorancia sabia, la única herencia de Dios. ¡No sabíamos que sólo nuestra ignorancia, la brutalidad celeste, nos hacía semejantes a Él! ¡Sólo alejándonos de las falsedades eruditas podríamos enfrentarnos a Él con una espada limpia!

Desolada quedó la piedra de las iglesias, y los hombres, que seguían sin ser hombres, trasladaron a los museos lo más vacío del espíritu de Dios. ¡Lentamente los artistas, la cojera de los corazones, ascendieron a los altares empujados por un aliento de sensibilidad vacía! ¡Desconocíamos tantas verdades! Los impíos artistas exteriores tomaron el relevo y la antorcha, cargando así aún más nuestras resignadas espaldas, y sus esclavos, los esclavos de los artistas exteriores, hablaron de sus amos con sucias bocas de miel, ayudaron a la propagación de la enfermedad de la cultura visible, construyeron museos para albergar monstruos que sustituyeran con ventaja a los decrépitos dragones, dictaron conferencias para menopáusicos y menopáusicas, encendieron eléctricas luces para alumbrar fósiles miserias, cometieron el grandísimo pecado de teorizar teorías: quemaron la huida de las almas rebeldes.

Estúpidamente negábamos, ciegos negábamos lo evidente: sólo existe el artista interior, sólo se puede ser artista secreto, la comunión todo lo mancha. ¡Estábamos canonizando a los más débiles, nombrábamos doctores a los incapaces…!

¡El artista debe crear dentro de sí mismo!

Si un Médico tomara la temperatura a los que creen ser hombres, diría que todos ellos albergan vana y terrible fiebre de homenajes y adulaciones.

Inventemos un termómetro de audacia; convirtámonos en hombres, aunque sea para desaparecer: os propongo entonar conmigo, sin mí y en silencio, el primer y último canto, el canto de la digna y mortal soberbia.

Escribí este rosario de letras hace algún tiempo, justo antes de comer y sin haber desayunado: no hay mejor escuela que el hambre, incluso la efímera, como no hay mejor esposo que el monje, que Mallick. No se escribe una obra literaria: se incurre en una obra literaria. Manufacturarla significa, si no se trata de un fraude aún más grave, desnudarse, y yo “desprecio a los que se desnudan” (entiéndase metafóricamente).

Entono por tanto, al mismo tiempo que el canto sonoro y compulsivo de las palabras manchadas, un mea culpa tan sincero como el eco, tan sincero como Mallick, tan lejano como Wataksi, tan ajeno a nosotros como todos nuestros destinos, tan fugaz como la prostituta mulata que visita mi celda cada mes.

Convencer al Otro de algo, y os remito a uno de mis poemas más desconocidos, es el suicidio por excelencia, por cuanto sólo tenemos nuestros errores, y éstos son tan pocos que compartirlos no es de buen cristiano silencioso, sino de cura parlanchín anclado a la sequía del púlpito.

Esconded vuestras monedas místicas, y recordad que no es menester regarlas: ellas solas se propagan sin necesidad de amor con la ayuda de una boca muda y del rastrillo sin dientes de la noche. Aquellos de entre vosotros que desoigan y desobedezcan serán premiados, a ellos, por regar, basta una sola gota, su propio misticismo con sangre sabia, les otorgará la vida premios y mercedes innombrables.

Bendito sea el que no haga caso, el que se aparte del misticismo como de la serpiente, bendito sea mi maestro el impuro, bendito sea el feliz, porque le es lícito tener hijos que labren e hilen, bendito el que no lee y actúa, el que se aleja de las letras de cambio, que son todas, bendito el que elude el abrazo del calor, bendito el que ama el frío, benditos los corazones congelados y baratos.

¡Sólo os pido que atornilléis vuestros huesos a la brisa, hombres pobres, que talléis en piedra vuestros gestos, hombres sin esperanza, jueces el día del Juicio Final!

Sólo debéis reclamar aquello que ya tenéis, pues jamás ha sido vuestro. ¡No exijáis estrellas! ¡Exigid vuestra piel y vuestros ojos, la flor que no habéis pisado, el pájaro que todavía vuela!

Desangraos en la construcción de un caballero interior afín a la gloria y al vacío…. No me hagáis caso, sólo os requiero para que asumáis la defensa del bruto, del verdadero poeta, del leñador, del iletrado.

¿Qué edad teníais al nacer?

Y ahora, junto al tic tac del reloj que aflige, que exacerba el hambre de infinito, ahora o nunca, no puedo menos de exponer una de las obligaciones ineludibles del poeta de segunda, del poeta que escribe: este poeta condenado que a nada sobrevive ha de revelar la naturaleza de la gran tragedia, del precio de la piedra, del precio de cada pan, de cada lágrima, de cada rugido, de cada hombre. Como un gran número, en torpes números redondos la tiranía del Altísimo, del Jugador de Baloncesto que ve un aro en cada luna y en cada nube, se desmenuza en precios pequeñísimos, en decimales como moscas que nos ahogan y nos miden y nos pesan y exigen que adelgacemos, que añadamos músculo al trigo, que hablemos de lo que está arriba y de lo que echamos de menos, de las limitaciones que se nos han impuesto.

¡Llevamos la semilla de la insatisfacción, y Dios, campesino en sus horas libres, manda brillar al sol, caer a la lluvia, morir sin nacer a la helada y al granizo! ¡Jardinero en lo azul, ¿cuánto vales Tú?, nos has hecho saber el precio de la lágrima y sentir el ansia de infinito! ¡Redímenos ahora de esta miseria en la sombra, de esta sombra que vibra aun en la noche más oscura…! ¡Colma todos nuestros bolsillos de billetes de Banco o, si no hay suficientes billetes allá arriba, baja los precios del espíritu y haz que nos contentemos con esta nada!

Hoy se ha fundido la bombilla de las flores. Hoy los monos intermitentes ya no nos hacen gracia.

Hoy las cabezas de los mendigos han perdido su chistera.

Hoy los chistes los cuentan los dentistas para sacarnos los dientes.

¡Pero también hoy hay una —– muy misteriosa que me mira con las manos y me busca con los ojos! Salpicado de bailes por —–,
pierdo la regla de cálculo
y soy casi
misterioso

Pedro Casariego Córdoba

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s