>Cronicas desde el Tropico Utopico

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AMANECE MARCOS LORENZO

Marcos sentado en la cafetería central de la universidad de EAFIT, solo. De nuevo en esa cafetería central sin paredes y de nuevo solo frente a un papel. Siete años después. Quién quiere paredes cuando el Valle de Aburrá te regala 25 grados perpetuos. El techo sí que importa o te expones a un aguacero de siete océanos. Marcos reniega de aquellas teorías que ligan el carácter de los pueblos al clima en el que habitan, y sin embargo el empuje alegre de la nación paisa encaja bien con un tiempo benigno que anima a la expansión y no obliga a parapetarse.

Marcos Lorenzo proviene de Europa, de una cultura vieja experta en inhibiciones. Es por eso que su primer contacto con la vitalidad antioqueña siempre lo deja aturdido. Por otra parte el decorado es soberbio y mareante: mujeres de porte imperial, vegetación insolente y la electricidad tropical de una patria joven. Víctima de la saturación de estímulos, el gallego no entiende nada. Le fascina lo que observa pero no logra aceptarlo. Todo su mundo anterior (e interior) es otro. Y sin embargo, recuerda, hay escritos que certifican que otro Marcos en otro tiempo se empapó de las esencias de esta tierra y cabalgó en la frecuencia rítmica de sus gentes. Y además, piensa, el encuentro entre José Ángel Valente y José Lezama Lima también fue posible. La mística del vacío y la pulsión del desbordamiento. Galicia y Caribe: bonito encontronazo.

¿Qué queda ahora de aquel antropólogo destemido?, se pregunta, ¿dónde podré encontrarlo? Quizás esté [acaso] debajo de todo, aplastado por rutinas del demonio, por el horror al fracaso o la exigencia del éxito, por un manto de pudores y culpas y responsabilidades tan antiguas como galaicas. ¿Y qué hacer para reanimarlo?, ¿cómo recuperar una versión de uno mismo más querida que la actual? Hay que atreverse, piensa. Atreverse a comunicar, al descaro, a molestar incluso. Nunca esquivar al otro. Tocar las cosas, no temerlas. Y al fin dejarse llevar, dejarle a Medellín que haga el resto. En Colombia todo el mundo habla con todo el mundo. En el bus, en una escalera, entre mesas distintas de cualquier restaurante. Podrán pasarse por exceso de expresión pero nunca por defecto. A pesar de su terrible pasado viven en la exterioridad, hacia fuera, sin miedo ni engreimiento ni barrera alguna que les impida gozar de una buena charla y algún que otro regalo del humor / amor. La violencia no ha doblegado su espíritu.

Son las 6 de la tarde en la cafetería central de EAFIT y se hace de noche. Una mariposa gigante se posa en la mesa, muy cerca del cuaderno. Pasa una peladita y mira y sonríe orgullosa. Marcos Lorenzo ensaya un gesto de escritor abstraído mientras anota en el papel: “Cae el día y cae mi ánimo, dulcemente. Cuánto sabe el cuerpo en Medellín”. A continuación levanta la vista y lee en un cartel el último eslogan de la campaña institucional de turismo: “Colombia, el peligro es que te quieras quedar”. Cierto. Ciertísimo.

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