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Nietzsche en castellano – De mi vida [Agosto-septiembre, 1858]

I
Los años de la niñez
1844-1858

Cuando somos adultos solemos acordarnos únicamente de los momentos más significativos de nuestra primera infancia. Aunque yo no soy adulto todavía y apenas si he dejado a mis espaldas los años de infancia y pubertad, he olvidado ya muchas cosas de aquel tiempo, y lo poco que sé, probablemente sólo lo retengo porque lo he oído contar. Las hileras de años pasan volando ante mi vista como si se tratase de un confuso sueño. Por eso no puedo remitirme a alguna fecha concreta de los diez primeros años de mi vida. Sin embargo, aún poseo algo claro y vivo en mi alma, y eso es cuanto desearía, uniendo luces y sombras, plasmar en un cuadro. Pues, ¡qué instructivo es poder observar lo diverso del desarrollo de la inteligencia y el corazón y la omnipotencia de la Providencia Divina que los guía!

Casa natal en RöckenNací en Röken, junto a Lützen, el 15 de octubre de 1844; en santo bautismo recibí el nombre de Friedrich Wilhelm. Mi padre era predicador de este lugar y de los pueblos vecinos Michlitz y Bothfeld. ¡El modelo perfecto de un clérigo rural! Dotado de espíritu y corazón, adornado con todas las virtudes de un cristiano, tuvo una vida callada y humilde, pero feliz; fue querido y respetado por todos cuantos le conocían. Sus finos modales y su ánimo sereno embellecían las reuniones a las que se le invitaba. Desde el momento en que aparecía se hacía merecedor del aprecio de todos. Sus horas de ocio las dedicaba a las bellas letras, las ciencias y la música. Poseía una notable habilidad como pianista, especialmente en la improvisación de variaciones. [… … …] [falta una página arrancada del manuscrito].

RöckenLa aldea de Röcken se encuentra a media hora de camino de Lützen, al borde mismo de la carretera comarcal. Rodeada de bosques y estanques, es tan bella que el caminante al que por allí conduce su ruta no tiene por menos que dirigirle una amistosa mirada. Sobre todo, llama la atención la torre de la iglesia cubierta de musgo. Todavía puedo acordarme bien de cuando una vez iba con mi querido padre de Lützen a Röcken y, a medio camino, anunciaron las campanas con tono solemne la fiesta de Pascua. Ese tañido resuena tan a menudo una y otra vez en mi interior, que incluso ahora, desde la distancia, me hace recordar con melancolía la añorada casa paterna. ¡Con qué viveza recuerdo el camposanto! ¡Cuántas preguntas no haría, al ver la antigua, antiquísima cámara mortuoria, acerca de los féretros y los negros crespones, de las viejas inscripciones de las lápidas y los sepulcros! Pero si ninguna de estas imágenes desaparece de mi alma, la que menos olvidaré es la del edificio tan entrañable de la casa parroquial, puesto que con tanta fuerza ha quedado grabado en mi memoria. La casa fue construida hacía poco tiempo, en 1820, y por eso se hallaba en muy buen estado. Algunos escalones conducían a la planta baja. Todavía puedo acordarme de la habitación de estudio en el último piso. Las hileras de libros, entre ellos algunos con estampas, y la gran cantidad de pergaminos, hacían de este lugar uno de mis preferidos. Detrás de la casa se extendía un prado de hierba y árboles frutales. Una parte de éste solía cubrirse de agua en primavera, al tiempo que, como de costumbre, también se inundaba la bodega. Ante la vivienda se abría el patio, con el granero y los establos, que conducía al jardín de las flores. Bajo las pérgolas y en los bancos del jardín transcurría casi todo mi tiempo. Tras el vallado verde estaban los cuatro estanques, rodeados por una floresta de sauces. Mi mayor placer consistía en poder ir de un lado para otro entre ellos, admirar el reflejo de los rayos del sol en el espejo de sus superficies y entretenerme atisbando los juegos de los audaces pececillos. Aún debo mencionar algo que siempre me llenó de secreto temor. En una parte de la lóbrega sacristía de la iglesia había una imagen de San Jorge, esculpida en piedra con gran habilidad y de un imponente tamaño. La majestuosa figura, las armas temibles y la penumbra poblada de misterios hacían que la contemplase con miedo. Según cuenta la leyenda, los ojos del santo brillaban de una manera horrible, y todos cuantos lo veían quedaban sobrecogidos de pavor. En torno al camposanto se extienden pacífica y sosegadamente las alquerías y los huertos de los campesinos. La paz y la armonía reinan en cada cabaña, siéndoles ajeno el tumulto de las pasiones. Los habitantes del pueblo sólo lo abandonan en contadas ocasiones, si acaso en la época de las ferias anuales, cuando pandillas de muchachos y de mujeres se acercan hasta la animada Lützen para admirar el gentío y el esplendor de las mercancías.

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