>noticias hermosas de Irlanda, irredenta melancolia de la libertad

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Claire Keegan, Colum McCann, Jamie O’Neill y Gerard Donovan, escritores irlandeses para tener en el corazon, en particular, COLUM MCc CANN, su hermoso libro UN PAIS DONDE TODO DEBE MORIR (editado en EL ALEPH), que a mi amigo P. tanto le ha encantado, y su criterio esta fuera de duda.

EmmaskaradaEmma vive en Ennis, en el Condado de Clare, al oeste de Irlanda, en una tierra llena de magia y de hermosos paisajes, como los acantilados de Moher. Y, claro, resulta inevitable inspirarse ante tales vistas. Por eso, Emma no deja de escribir relatos. Es lo que más feliz y más desgraciada le hace, como ella misma dice. Y comparte sus historias con todos nosotros a través de su blog Emmaskarada. Uno de esos relatos (La Bruja) me atrapó enseguida en un ambiente muy, muy irlandés. Que lo disfrutéis.

La Bruja’

(de Emma Cotro)

Finbarr O’Connor tenía un lugar reservado junto al acantilado. Porque su madre era viuda y porque él nació tarde, demasiado tarde, y sus ojos azules miraban todavía como los de un niño, y porque al hablar se le torcía la boca y gesticulaba buscando las palabras, sujetando su pinta de cerveza negra, mientras los demás le tomaban el pelo en el pub del pueblo.

Acantilados de MoherTocando la flauta junto al acantilado al menos el pobre muchacho se ganaba la vida y, tal y como comentaba la gente de Doolin, le era de gran ayuda a su madre, quien administraba espartanamente el dinero que le traía su hijo procedente de las propinas de los turistas.

– Ten mucho cuidado -le decía siempre la mujer, despidiéndole cada mañana, mesándole el mechón de pelo rojizo sobre la frente-. Ten cuidado y vuelve antes de que anochezca a casa, no sea que te encuentres con la bruja del acantilado y se te lleve volando.

Finbarr reía guiñando sus ojos azules. Reía pero se estremecía por dentro antes de subir a su bicicleta. Reía y decía adiós a su madre mientras pensaba en la bruja de los acantilados, volando rauda detrás de él para alcanzarle. Y al pasar delante de la iglesia se persignaba, los ojos fijos en el Cristo de piedra, rezando porque ese día tampoco se encontrara con la bruja, ni ese día ni ninguno de los que vinieran. Su madre le miraba salir pedaleando de Doolin, no despegaba los ojos de su bicicleta hasta que ésta se perdía tras la primera curva de la carretera. Sabía del miedo en el corazón de su hijo y sonreía, porque era ese miedo el que le devolvería a casa a (más…)

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