“El lugar de la palabra”, de Elisa Martín Ortega

“El lugar de la palabra”, de Elisa Martín Ortega – Revista de Letras.

El lugar de la palabra

“El lugar de la palabra”, de Elisa Martín Ortega – Revista de Letras

Haciendo nuestras las palabras de la autora, “En la poesía las palabras expresan, liberadas, todo su ser”, podemos afirmar que este exhaustivo, luminoso y sensible ensayo, El lugar de la palabra, sobre la relación de la Cábala y algunos poetas contemporáneos –José Ángel ValenteJorge Luis Borges,Juan Gelman y Clarisse Nikoïdski-, y que lleva por subtítulo precisamente “Ensayo sobre Cábala y poesía contemporánea”, es una ejemplar reflexión sobre el lenguaje como totalidad, el exilio, la muerte y otros interesantísimos temas comunes a ambos, que parte de una singular y certera selección de textos jasídicos, reflexiones y poemas. Elisa Martín Ortega ha puesto su brillantez exegética y la profundidad y sabiduría de sus conocimientos al alcance de todos cuantos estén interesados en la lectura de la poesía contemporánea a la luz de la trascendencia, pues tanto su carga lírica como su honestidad teórica van parejas a la claridad y a un hermoso y exquisito dominio del lenguaje.

¿Por qué Cábala y poesía contemporánea? Porque Elisa Martín Ortega (Valladolid, 1980) es  investigadora de la lengua, la literatura y la cultura de los judíos sefardíes, y de las relaciones entre la cultura judía y la literatura hispánica, y porque además es poeta. De la conjunción de ambos intereses ha germinado este tratado sobre mística judía y poética  en el que se fundan tanto las similitudes temáticas como la propia poética, con el denominador común a todos ellos del amor a la palabra como sede de la identidad humana, del pensamiento y de la creatividad. Pues “el máximo anhelo de la poesía es ese idioma absoluto del que habla Derrida” (p. 169) del mismo modo que la Torá como libro se convirtió, a falta de un templo que  representara al pueblo judío, en “el lugar itinerante donde la Divinidad podía revelarse” (p. 134).

La palabra, pues, acaba convirtiéndose, para los poetas y para los místicos judíos, en un lugar. Un lugar, el territorio de búsqueda de la verdad, de la esencia de lo humano, “la herramienta por excelencia de la creación” (p. 67). La penetración en el lenguaje es así la fuente de la poesía y de la hermenéutica cabalística, que aunque sienta inapresable el misterio de lo divino considera que los símbolos permiten una aproximación a Dios.

Porque, se pregunta la autora, ¿y si la literatura fuera algo más que un conjunto de historias inventadas para el divertimento?, ¿y si la poesía, como señaló Goethe, es “viva y momentánea revelación de lo inescrutable”? Del mismo modo, los textos cabalísticos pueden leerse también como bellísimas creaciones “con hermosas e insospechadas metáforas” y con un sorprendente cuidado de la expresión poética y de la retórica. Pues, más allá de su sentido, más allá de su significado, poesía y Cábala comparten el lenguaje, como método de reflexión poética la primera, como modo de penetrar en lo divino la segunda. Para ambos se exige, junto con el conocimiento de la tradición, la creación de algo nuevo. La invitación a innovar propia del jasidismo, la obligación de ser creativo, tiene su exacto paralelismo en la poesía, que rescata a las palabras “de la comunicación cotidiana /… / para otorgarles un espacio distinto, renovado” (p. 50) y a las que se demanda vivir en el límite sin dejar de ser comprensibles. Ambos son, sobre todo, espacios de verdad. Como diría Rilke, si una obra de arte no parte de la necesidad, si en ella no hay honestidad artística, desemboca irremediablemente en una obra fallida.

El lugar de la palabra está habitado por la sabiduría y la excelencia de sus reflexiones sobre la labor poética: el nacimiento del impulso poético, los extraños e insospechados caminos de la creatividad, la crítica literaria y la lectura de poesía como escritura poética; la capacidad de la poesía para nombrar lo que parece innombrable regresando a la infancia como fundadora de la sensibilidad del lenguaje; el exilio como amputación y fuente de creatividad y sus conexiones místicas; la vindicación del significante en poesía; el lenguaje y la muerte.

Elisa Martín Ortega (foto: blog de la autora)

Elisa Martín Ortega (foto: blog de la autora)

Y ya en el ámbito de la exégesis judía,  el lenguaje como territorio donde reside el misterio de lo divino pues, como afirma la autora, la vía hacia los secretos pasa por una inmersión en las profundidades de la gramática y la fonética, la grafía y la etimología. En esta tercera parte del ensayo, “Una mística del lenguaje”, adquiere su máximo esplendor la teoría de Elisa Martín Ortega, la de que, tanto en poesía como en la Cábala, las palabras “expresan, liberadas, todo su ser”, y cada una de esas palabras posee luz propia, al contrario que en la narración. El mensaje por el mensaje deJakobson que definiría la función poética de la lengua, es decir, cuando la lengua es capaz de mirarse a sí misma, tiene su correspondencia en el judaísmo. Una y otro se resisten a aceptar la arbitrariedad del signo lingüístico, pues el significante ocupa un lugar esencial en poesía -“Si el nombre es arquetipo de la cosa / en las letras de rosa está la rosa”, Borges- tanto como en el trabajo del cabalista, que ve en las letras de la lengua hebrea la materia que acerca al hombre a Dios.

Esta preocupación por el significante, común a todos ellos, fue también una constante de otros poetas como Aníbal Núñez, que consideró en sus textos ensayísticos que la  selección de los signos en poesía estaba más regida por el emparentamiento fonético  que por los dictados del contenido. También como hizo este poeta, Gelman desmenuza los significantes en algunos de sus poemas en busca de una homofonía que fuera símbolo de los misterios del lenguaje, de su capacidad de generar sentido por semejanza de formas. Pues el poeta verdadero sabe que trabajar con los significantes es abrir el corazón de la lengua en busca del secreto de la inspiración, que acaso sea el lugar donde lo inefable habita a la espera de una palabra que lo exprese.

Pero así como los poetas se preguntan por los motivos del sufrimiento e imperfección propios de nuestro mundo y tratan de sumirse en el espanto de esta realidad dolorida para dar nombre y memoria a cuanto es común a los hombres, y quizá solo alentados por el deseo de escrutar ese exilio -Gelman, Nikoïdski-, que es también interior -Valente, Borges-, pues para el poeta no hay respuestas válidas que lo justifiquen, la cábala lo explica a través del mito del Paraíso perdido y la teoría del tsimtsum según la cual Dios, para poder crear el mundo, debió convertirse él mismo en un desterrado, lo que explicaría tanto la imperfección del universo como el sufrimiento humano -Valente: “El acto creador supone un movimiento exílico, una retracción, una distancia” (p. 152)-. La segunda parte del ensayo, “Voces del exilio”, contiene una hermosa y desgarradora reflexión sobre los distintos exilios que el pueblo judío ha sufrido a lo largo de la historia. Un padecimiento que Elisa Martín Ortega escruta a través de los poemas de Gelman y de la poeta en lengua sefardí Clarisse Nikoïdski, y se pregunta: “¿De qué modo la separación, el desarraigo, el sentirse eternamente extranjero en la tierra es fuente de creatividad?” (p. 149). La respuesta a esta cuestión cristaliza en lo que se ha llamado “poética del exilio”, una constante de los poetas exiliados, cuyo dolor queda imbricado a una poesía a menudo subversiva, extrema y dolorida como su propio interior, alejada de estereotipos y convenciones, exiliada de sí, pendiente de esa ajenidad propia de su humana condición de permanente destierro.

Pero si hay algo en lo que verdad se diferencian estos poetas de los textos cabalísticos es en el tratamiento de la muerte, que en los poetas reseñados no admite consuelo y en cuya reflexión se halla “la última clave del quehacer de los poetas” (p. 269). Pero nuevamente la voz del verso trata de vencer toda derrota con el amor y con la memoria, que hace posible que los muertos amados parezcan vivir en el lenguaje: “Solo el que ha muerto es nuestro, solo es nuestro lo que perdimos /…/ No hay otros paraísos que los paraísos perdidos” (Borges).

Elisa Martín Ortega, en fin, ha demostrado sobradamente con este libro su singular capacidad para ahondar en los entresijos de la poesía,  construyendo una hermosa poética personal –el esplendor y el encanto de su prosa, sus luminosas metáforas, su lúcida sensibilidad pueden llegar a estremecer- que tiende la mano a la mística judía como generadora de instrumentos criptógráficos válidos para el poeta, para acabar revelando los misterios de la palabra, esa epifanía que, como escribió Gelman, da nombre a seres que tardarán siglos en ser.

Yolanda Izard

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