Dylan Thomas y su eterno cumpleaños | Cultura | EL PAÍS

Laugharne parece no existir fuera de la poesía del autor galés, como la Soria de Machado o el Moguer de Juan Ramón

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Dylan Thomas y su eterno cumpleaños | Cultura | EL PAÍS

AND DEATH SHALL HAVE NO DOMINION

And death shall have no dominion.

Dead men naked they shall be one

With the man in the wind and the west moon;

When their bones are picked clean and the clean bones gone,

They shall have stars at elbow and foot;

Though they go mad they shall be sane,

Though they sink through the sea they shall rise again;

Though lovers be lost love shall not;

And death shall have no dominion.

And death shall have no dominion.

Under the windings of the sea

They lying long shall not die windily;

Twisting on racks when sinews give way,

Strapped to a wheel, yet they shall not break;

Faith in their hands shall snap in two,

And the unicorn evils run them through;

Split all ends up they shan’t crack;

And death shall have no dominion.

And death shall have no dominion.

No more may gulls cry at their ears

Or waves break loud on the seashores;

Where blew a flower may a flower no more

Lift its head to the blows of the rain;

Though they be mad and dead as nails,

Heads of the characters hammer through daisies;

Break in the sun till the sun breaks down,

And death shall have no dominion.

(Y LA MUERTE NO TENDRÁ SEÑORÍO)

Y la muerte no tendrá señorío.

Desnudos los muertos se habrán confundido

con el hombre del viento y la luna poniente;

cuando sus huesos estén roídos y sean polvo los limpios,

tendrán estrellas a sus codos y a sus pies;

aunque se vuelvan locos serán cuerdos,

aunque se hundan en el mar saldrán de nuevo,

aunque los amantes se pierdan quedará el amor;

y la muerte no tendrá señorío.

Y la muerte no tendrá señorío.

Bajo las ondulaciones del mar

los que yacen tendidos no moriran aterrados;

retorciéndose en el potro cuando los nervios ceden,

amarrados a una rueda, aún no se romperán;

la fe en sus manos se partirá en dos,

y los penetrarán los daños unicornes;

rotos todos los cabos ya no crujirán más;

y la muerte no tendrá señorío.

Y la muerte no tendrá señorío.

Aunque las gaviotas no griten más en su oído

ni las olas estallen ruidosas en las costas;

aunque no broten flores donde antes brotaron ni levanten

ya más la cabeza al golpe de la lluvia;

aunque estén locos y muertos como clavos,

las cabezas de los cadaveres martillearan margaritas;

estallarán al sol hasta que el sol estalle,

y la muerte no tendrá señorío.

Dylan Thomas y su eterno cumpleaños

Laugharne parece no existir fuera de la poesía del autor galés, como la Soria de Machado

 18 AGO 2015

El poeta galés Dylan Thomas, en una imagen de 1946. / HULTON-DEUTSCH COLLECTION

Laugharne es un pueblo del sur de Gales con un par de pubs, un supermercado y una calle principal por la que no caben dos coches. Llueve mucho en Laugharne y, a veces, las mareas inundan la explanada donde se aparca. Mucho pasado, apenas presente y un futuro predecible. No parece muy distinto de como lo vio Dylan Thomas (Swansea, Gales, 1914—Nueva York, 1953) en 1944, pero lo es. Totalmente. Porque ahora lleva a Dylan Thomas incorporado en su paisaje, pero en octubre de 1944, cuando la guerra sonaba ya a cosa cumplida, era el paisaje de Laugharne el que estaba metido dentro de Dylan Thomas.

Se han invertido los términos. Ese paisaje se hizo poesía, y la poesía ha vuelto a hacerse paisaje. El 27 de octubre de 1944, Dylan Thomas cumplió treinta años y lo celebró paseando por Laugharne y escribiendo un poema en el que describía el pueblo y sugería que se sentía viejo. Hoy, ese poema es un paseo, el Birthday Walk y, como le pasa a la Soria de Machado o al Moguer de Juan Ramón, uno se pregunta si Laugharne existe fuera de la poesía de Dylan Thomas.

Recorro un Gales amable y verde y me hospedo en un hotel de un pueblo ínfimo que elegí, además de por su precio, porque se anunciaba como “próximo a la casa de Dylan Thomas en Gales”. Helen, su mesonera, presume de amistades con gente de letras y otros borrachos londinenses. En un desayuno, después de haber sido informada de que el huésped barbudo es un escritor español, irrumpe con las poesías escogidas de Dylan Thomas en la mano y lee “Do Not Go Gentle Into That Good Night”, su poema más famoso.

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A poco que se despeja lo verde de esta parte de Gales, aparece Dylan Thomas. No hay persona culta que no tenga un par de versos suyos a punto para un recitado de urgencia. Quizá soy yo, que lo busco, que camino mareado por esa leyenda de dipsomanía, derrota y canciones de ese homónimo voluntario que fue Bob Dylan (quien adoptó como apellido el nombre del escritor como si así lo invocara y se dejase poseer por su espíritu), pero siento muy vivo y presente al poeta de Gales, de una forma que no se encuentra a Machado en Soria o a Juan Ramón en Moguer. Inmensamente popular en vida (sus seriales en la BBC eran un acontecimiento), su obra persiste con una vigencia que envidiaría cualquier muerto ilustre del parnaso español. Y algún que otro vivo, también.

Quizá Laugharne tenga la fuerza de las afinidades electivas. Thomas escogió Laugharne y Laugharne escogió a Thomas. Fue el único amor desinteresado y cómplice en la vida de un hombre feo que tuvo varias mujeres. No le ataba a ese rincón rocoso y escondido del sur británico nada más que una excursión dominguera que hizo en 1934. Se enamoró de las mareas y la luz gris y se empeñó en vivir allí. Incluso consiguió que Margaret Taylor, la acomodada esposa de un historiador famoso, le comprara una residencia en el pueblo: la Boathouse, una casa colgada sobre un acantilado que hoy es propiedad del condado de Carmathenshire y se ha convertido en una especie de templete-museo y foco de un pequeño festival literario anual que cada mes de abril reúne a un montón de artistas dispuestos a emular a Thomas, si no en talento, sí al menos en su afición por los destilados.

Pero el Dylan Thomas que se recuerda en Laugharne no es ese alcohólico que murió en Nueva York en 1953 con treinta y nueve años recién cumplidos y un récord de dieciocho whiskies seguidos que le llevaron directo a un coma letal (récord desmentido por el barman que supuestamente los sirvió, quizá para que no le acusaran de homicidio). El Dylan Thomas que se recuerda en este pueblo lejano y adormilado del sur de Gales es el del poeta que cumplió treinta años en 1944, se levantó temprano, paseó y escribió unos versos en los que lamentaba el paso del tiempo como sólo un viejo muy cansado puede lamentar. Todas las mañanas son la mañana del cumpleaños de Dylan Thomas en Laugharne.

Sergio del Molino, periodista y escritor, es autor de La hora violeta

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