La conciencia de los ex comunistas. Por Isaac Deutscher

 

Este texto de  Isaac Deutscher, escrito en medio de la Guerra Fría cultural pero cuando aún se desconocía el papel de la CIA en ella, revelado luego por la revista Ramparts y The New York Times, me ha ayudado a entender a algunos ex comunistas cubanos ahora militantes del “extremo centro” y más obamistas que el propio Obama.  “…generalmente el intelectual ex-comunista deja de oponerse al capitalismo. A menudo une sus fuerzas a los defensores de éste, y aporta a esa tarea la falta de escrúpulos, la estrechez mental, el desprecio a la verdad y el odio intenso que le fue imbuido por el stalinismo. Continúa siendo un sectario. Es un stalinista vuelto del revés. Sigue viendo el mundo en blanco y negro, sólo que ahora los colores se distribuyen de modo distinto. Como comunista, no ve diferencia entre los fascistas y los socialdemócratas. Como anticomunista, no ve diferencia entre el nazismo y el comunismo. En otro tiempo aceptó la infalibilidad del partido; ahora se cree infalible a sí mismo. Después de haber sido arrebatado por la ”mayor ilusión”, está ahora obsesionado por la mayor desilusión de nuestro tiempo.“Su anterior ilusión suponía al menos un ideal positivo. Su desilusión actual es enteramente negativa. En consecuencia, su papel es intelectual y políticamente infecundo. También en eso se parece al amargado ex-jacobino de la época napoleónica. Wordsworth y Coleridge estaban fatalmente obsesionados por el ”peligro jacobino”; su miedo amortiguó incluso su genio poético. Fue Coleridge quien denunció en la Cámara de los Comunes un proyecto de ley de prevención de la crueldad contra los animales como ”el mejor ejemplo de jacobinismo legislativo”. El ex-jacobino pasó a ser el apuntador de la reacción antijacobina en Inglaterra. Directa o indirectamente, su influencia se encuentra detrás de las leyes contra los escritos sediciosos y la correspondencia traidora, de prácticas traidoras y de reuniones sediciosas (1792-94), detrás de la derrota de las reformas parlamentarias, detrás de la suspensión del acta de habeas corpus, y del aplazamiento, durante toda una generación, de la emancipación de las minorías religiosas de Inglaterra. Y, en vista de que el conflicto con la Francia revolucionaria ”no era ocasión de hacer experimentos azarosos”, también al mercado de esclavos se le concedió derecho a la vida … en nombre de la libertad.“Exactamente de la misma manera, nuestros ex-comunistas, por la mejor de las razones, hacen las cosas más execrables. El ex-comunista avanza brevemente en primera línea en toda caza de brujas. Su ciego odio hacia su anterior ideal es una levadura para el conservadurismo contemporáneo. No es raro que los ex-comunistas denuncien la más suave tendencia del ”estado benefactor” como ”bolchevismo legislativo”. El ex-comunista hace una contribución de peso al clima moral en que se incuba la contrapartida moderna de la reacción anti-jacobina inglesa.“La grotesca actuación del ex-comunista es un reflejo de la situación sin salida en que él mismo se encuentra. La situación sin salida no es exclusivamente suya; él se encuentra en el mismo callejón en que toda una generación lleva una vida incoherente y perpleja.”Fragmento de “La conciencia de los ex comunistas”, aparecido como reseña de The God that Failed [El Dios que cayó] en The Reporter (Nueva York), abril de 1950. El artículo completo en este enlace.

Origen: La conciencia de los ex comunistas. Por Isaac Deutscher

 

Mis palabras no pretenden censurar, ni menos castigar, a nadie. Mi propósito, conviene repetirlo, es poner de relieve una confusión de ideas que el intelectual ex-comunista no es el único en padecer.

En uno de sus artículos recientes, Koestler desahoga su irritación contra aquellos buenos viejos liberales que se escandalizaron por el exceso de celo anticomunista en un antiguo comunista y le vieron con el disgusto con que la gente ordinaria ve al ”sacerdote que cuelga la sotana y se lleva a una muchacha al baile”.

Bueno, los buenos viejos liberales pueden tener razón, después de todo: es posible que ese tipo peculiar de anticomunista les parezca como un cura que cuelga la sotana y se ”lleva al baile” no precisamente una muchacha, sino una ramera. La completa confusión intelectual y emocional del ex-comunista le hace inadecuado para toda actividad política. Está acosado por una vaga sensación de haber traicionado o sus ideales anteriores o los ideales de la sociedad burguesa; como Koestler, puede incluso tener una noción ambivalente de haber traicionado unos y otros. Entonces intenta suprimir su sentimiento de culpabilidad e incertidumbre, o esconderlo con una manifestación de extraordinaria certidumbre y frenética agresividad. Insiste en que el mundo debería ver la incómoda conciencia que él padece como la más clara de las conciencias. Es posible que el ex-comunista deje de interesarse por toda causa que no sea ésta: la de su propia autojustificación. Y, para cualquier actividad política, ése es el más peligroso de los motivos.

Parece que la única actitud digna que el intelectual ex-comunista puede adoptar es la de elevarse au-dessus de la mêlée. No puede unirse al campo stalinista, ni a la Santa Alianza anti-stalinista, sin hacer violencia a lo mejor de sí mismo. Dejémosle, pues, que se mantenga aparte de ambos campos. Dejémosle que trate de recuperar el sentido crítico y la imparcialidad intelectual. Dejémosle superar la pequeña ambición de meter un dedo en el pastel político. Dejémosle en paz al menos con su propio yo, si el precio que ha de pagar por una falsa paz con el mundo es la renuncia de sí mismo y la denuncia de sí mismo.

Eso no quiere decir que el ex-comunista que sea escritor, o intelectual en general, deba retirarse a la torre de marfil. (De su pasado le queda un desprecio por la torre de marfil.) Pero sí puede retirarse a una torre de observación, a una atalaya. Observar alerta y con im parcialidad este inquieto caos de mundo, estar al acecho de lo que pueda brotar del mismo e interpretarlo sine ira et studio; ése es ahora el único servicio honorable que el intelectual ex-comunista puede ofrecer a una generación en la que la observación escrupulosa y la interpretación honrada se han hecho tan tristemente raras. (¿No es chocante lo poco que se encuentra de observación e interpretación, y lo mucho de íilosofismos y sermoneos, en los libros de la pléyade de los escritores ex-comunistas de talento?)

Pero, ¿puede ahora verdaderamente el intelectual ser un observador imparcial de este mundo? Aunque el tomar partido le haga identificarse con causas que no son la suya, ¿no tiene igualmente que tomar partido? Bien, podemos recordar a algunos grandes ”intelectuales” del pasado que, en una situación similar, se negaron a identificarse con ninguna causa establecida. Su actitud parecía incomprensible a muchos de sus contemporáneos: pero la historia ha probado que su juicio había sido mejor que las fobias y odios de su tiempo. Podemos mencionar aquí tres nombres: Jefferson, Goethe y Shelley. Los tres, cada uno de ellos de una manera diferente, tuvieron que enfrentarse a la opción entre la idea napoleónica y la Santa Alianza. Los tres, cada uno de ellos de manera diferente, se negaron a elegir.

Jefferson fue el más leal de los amigos de la revolución francesa en el período heroico de sus comienzos. Estaba dispuesto a perdonar incluso el terror, pero se apartó con disgusto del ”despotismo militar” de Napoleón. Sin embargo, no tuvo trato alguno con los enemigos de Bonaparte, los ”hipócritas liberadores” de Europa, como él les llamaba. Su imparcialidad no era meramente lo que convenía al interés diplomático de una república joven y neutral; brotaba naturalmente de las convicciones republicanas y de la pasión democrática del propio Jefferson.

A diferencia de Jefferson, Goethe vivió en el mismo centro de la tormenta. Las tropas de Napoleón y los soldados de Alejandro, por turno, establecieron sus cuarteles en Weimar. Como ministro de su príncipe, Goethe se inclinó de modo oportunista ante uno y otro invasor; pero como pensador y como hombre se mantuvo no comprometido y apartado. Era consciente de la grandeza de la revolución francesa y estaba impresionado por sus horrores. Saludó el sonido de los cañones franceses en Valmy, como la obertura de una época nueva y mejor, y supo ver a través de las locuras de Napoleón. Aclamó el momento en que Alemania se liberó de Napoleón, y tuvo una aguda conciencia de la miseria de aquella ”liberación”. Su alejamiento, en ese y en otros asuntos, le valieron el sobrenombre de ”el olímpico”; y no siempre se pretendía que esa etiqueta fuese enaltecedora. Pero su aspecto olímpico no se debía a su indiferencia por el destino de sus contemporáneos. Velaba su drama personal: su incapacidad y falta de ganas de identificarse con causas que eran un inextricable revoltijo de elementos buenos y malos.

Finalmente, Shelley contempló el choque de los dos mundos con toda la ardiente pasión, ira y esperanza de que era capaz su gran alma joven: indudablemente él no era un ”olímpico”. Aun así, ni por un momento aceptó las pretensiones santurronas de ninguno de los beligerantes. A diferencia de los ex-jacobinos, más viejos que él, fue fiel a la idea republicana jacobina. En su condición de republicano, y no como patriota de la Inglaterra de Jorge III, dio la bienvenida a la caída de Napoleón, aquel ”esclavo sin verdaderas ambiciones” que ”bailó e hizo cabriolas sobre el sepulcro de la libertad”. Pero, como republicano, sabía también que ”la virtud tiene un enemigo más eterno” que las violencias y los fraudes bonapartistas: ”la vieja costumbre, el crimen legal y la fe sanguinaria”, encarnados en la Santa Alianza.

Los tres — Jefferson, Goethe y Shelley — fueron en cierto sentido ajenos al gran conflicto de su época, y por eso la interpretaron con mayor verdad y penetración que los asustados y odiadores partidistas de uno y otro lado.

Es una lástima y una vergüenza que la mayor parte de los intelectuales ex-comunistas se inclinen a seguir la tradición de Wordsworth y Coleridge mejor que la de Goethe y Shelley.

https://www.marxists.org/espanol/deutscher/1950/conciencia_ex-comunistas.htm

 

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