Manuel Jular, al regreso, nos vemos

Hoy el día nació brusco, raspón, estrecho, aventado y ajeno. Me digo con frecuencia que los días hay que hacerlos cada día, a mano si es posible. Hoy me lo hacen sin remedio, los dioses inútiles,o viene troquelado por un Mercachifle de turno,  y no se si tan siquiera trae la noche bajo el brazo.

Y había un sonido a nada en la repisa de la miserable luz,  sin sol en la solapa.

Incluso entre nosotros, los que cosechamos palabras, silencios…Nos quedamos a la escucha de las piedras, de su llanto, para compartir los adioses.

Hubo un tiempo en que las máquinas de coser Singer, el arreglo a domicilio de las mismas, me proporcionaba los justo para “atrincherarme” en León.

Todo era cuestión de la canilla, o del elegante mecanismo que encerraba el cabezal. Apretar delicados tornillos, o cambiar la finísima lengüeta que hacía posible que el pespunte, y el cosido, tuviera un acabado perfecto.

Pues hoy zurzo, o hago pespunte, con los recuerdos donde Manuel hacía que el exilio fuera un lugar habitable; trasterrados, nos ayudó a mantenernos vivos  en esa jungla disecada y oscura que era el franquismo, nos enseñaba los pasos, los gestos y las palabras: y contra toda previsión, fuimos capaces de repetirlos.

El magnífico juego de estar vivos, y compartirlo, como necesario, imprescindible.

Inolvidable aquella tarde, a las pocas horas de morir el compañero Allende, escuchábamos, en compañía de Nana, sus últimas palabras, en Radio Magallanes, en el viejo CCAN. Él lo hacía posible.

Me puso el nombre, en una clandestinidad luminosa, de Heliodoro, como maoísta que era, él del Pece sin tapujos, y era un privilegio discutir, siempre con su sardónica sonrisa poniendo en solfa la certeza, no dando puntada sin hilo, el hilo era de oro, su ironía,  que volaba la conversación a las alturas, o la ponía lejos del alcance  del necio; mordaz con el poderoso, con los mezquinos, de lucidez afilada, bisturí implacable.

Amigo entrañable, comunista del talante de John Berger, al que encontrará sin duda en los campos del Sueño Eterno, que rodea la Aldea de la Ausencia, que crece imparable en nuestros corazones.

Artista sin muletas, Pintor genial, admirado y respetado, con una obra de innumerables “pinturas, y otras cosas”.

Ahora será la hora de la gran exposición de esa implacable y rotunda obra.

Salud, amigo, más cerca que nunca, podré disfrutar de tu silencio en flor, de tu presencia intachable.

Y sabiendo ya, que el Tiempo es el lugar que habitamos vivos y muertos, todo esto te lo digo sentados a la misma mesa.
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ACUDIR HASTA ALCANZAR ESTA VENTANA Y VEREIS ALGO MAS DE SUS PINTURAS Y MAS COSAS.

El laberinto abierto

«La utilidad de la poesía está en recordarnos
que es difícil seguir siendo la misma persona,
porque nuestra casa está abierta, su puerta, sin llave,
y los huéspedes invisibles salen y entran.»
(Czeslaw Milosz)
Recorremos, los invitados, las estancias calurosas y los pasillos frescos. Hay cancelas
doradas, alfombras de agua, tapices arenosos que se deslizan sobre los muros, deshechos por
la ventilación. Nos orienta, en los recodos, la fantasía de visualizar la música que nuestro
anfitrión oyó en otro tiempo. Luces que nos reclaman, rostros fugaces que nos susurran en los
apartes. Pero el compromiso del explorador era comerse el mapa, que se parecía a una
partitura ardiendo, para quedar sordo. (Si Vd. pinta con música de fondo: yo escribo, camino,
sobre su pintura con tapones en los oídos, sordo sobre las brasas). Ese fue el pacto siniestro.
Pero lo perverso no es ajeno, se teje en lo familiar (Soy más freudiano que marxista, advierte el
paciente doctor). Ahí espesa, en la extrañeza que de pronto invade todo lo cercano. Por eso el
territorio no es pura oscuridad, es ‘negro sobre negro’. No es la ruptura del no conocer, más
bien es la continuidad de no reconocerse. La categoría de lo siniestro correspondería, por
tanto, a esa capacidad de enmascararse en la difícil suerte de la ‘exposición’ (No me muestro
desnudándome ante Vds. sino, disfrazándome ante Vds., parece decir el niño con voz de
tenor).
Si hay un paisaje es un paisajismo de dentro hacia afuera. Si hay muerte, no es íntima, sino la
muerte ritualizada, Réquiem, explosión de los símbolos de la muerte contra la muerte. No hay
miedo: Muerte, ¿dónde está tu victoria?. ¿Acaso no es éste tu abecedario diabólico? (Qué gran
cofrade se perdió, parecen pensar el bombero, el inspector de hacienda y el maestro,
cachondos, bajo el pesado paso). Si hay pesimismo, lo rompe un gesto blanco, como una
ventana abierta con terraza, lo que nos libra de aquella otra religión: ‘aquella política’ (Ya no
viviremos ni un minuto más en la uniformidad ortodoxa, parece creer el escéptico devoto).
Todo es un problema de los ojos. Los símbolos nos han dejado tan solos como estábamos
(Cuanto más subjetivo, más cerca de la realidad me siento, declara el óptico ciego). Las series
negras están, por tanto, llenas de color, de pequeños objetos que una mano incluyó en el
buzón de sugerencias de la esperanza.
Hay remansos y cascadas, porque hay jardín en la casa. Valles, desiertos, bosques y selvas,
en la casa. Sobreabundancia en los materiales y una extraña geometría, escasez con centro,
en la expresión. La quinta visitada hace chaflán entre las avenidas Ironía y Reflexión, que
pocos frecuentan.
Dirección: La Plaza Cúbica s/n. Lo que gira detenido. Serenidad en lo caótico, un abrazo
salvífico en medio de las catástrofes. El geómetra nos regala una geografía para encontrar,
para perderse. Sólo es supersticioso con las superficies curvas, prefiere la rectitud. No la del
moralista , sino la del cartógrafo. Brújula en mano, todo rodea ese centro poderoso que atrae
como un imán los materiales.
Aunque no es frecuente, hay quien reclama el error como hallazgo, como propia corporeidad, y
ése cuenta con nuestra admiración. Otro caso: reclamar la recurrencia y perfección de lo
hallado, no negarse a encontrar un rostro, conocido y olvidado, de tanto en vez, demuestra un
arrojo ‘darwinista’ que nos conquista. Nos seduce esa mundaneidad, ese saber estar (de
vuelta), desprovisto de coqueterías acomplejadas (El perfeccionamiento de lo hallado es un
camino zen, canta el monje noctámbulo y ‘templao’, de vuelta a su templo ).
Como actores, como poetas y músicos, convocados a estos escenarios, sabemos que la única
verdad es la ficción. La autenticidad pasa por no negar los artificios. El simulacro es la materia
de nuestro trabajo, nuestra verdad (Désenos, pues, la honradez de un baile de disfraces.
Sálvesenos de la verdad de los que se quitan la máscara y muestran el abismo vacío de su
rostro. Hoy parece sincero el cuentista).
Escenografías 1 x 1, nos esperan impacientes, como invitaciones a contar una buena historia
(La responsabilidad de aprovechar los marcos, las estancias, las escenografías es vuestra,
parece barruntar el vampiro soleado). Eso sí, sólo hemos sido invitados a estar. ¿Régimen de
media pensión o estar a régimen?. Cada invitado traiga sus alimentos.

Víctor M. Díez

 

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